
Mi primer amor / mi primer odio
¿Cómo he de describir a mi primera maestra sin incurrir en descripciones melosas, sin dejarme llevar por la nostalgia de aquellos años felices o sin matizar cada frase con un toque de idealización? Si digo que era la más bonita del mundo, es probable que nadie lea más allá de este párrafo, o, si le toca hacerlo, se prepare anímicamente para un desborde de clichés cursis del tipo “como ella no hubo otra” o “fue mi primer amor”. La mayoría recordará con agrado a sus primeras maestras porque son inolvidables, son como la otra mamá. Y sé que para muchos también fue una persona clave en su proceso de acercamiento y conocimiento de la lectura, aunque no lleguen a idealizarla tanto como yo.
De todos modos tengo que decirlo: mi primera maestra sí fue la más bonita que tuve. No solo eso: la más dedicada y la más inteligente (a pesar de que solo cursó la primaria, como vine a saber después). Tenía una mano fuerte para la indisciplina y una voz dulce para contar historias, una voluntad a prueba de fuego y una paciencia que se colmaba con facilidad, dos manos prodigiosas para la costura y perezosas para la cocina, un corazón tan amplio como el mar, pero igual de callado: impredecible , caótica y piadosa hasta el extremo, fue la mujer más influyente de mi vida, y, aunque no llegué a enamorarme de ella, puedo decir que su amor por mí hasta el día de hoy no ha sido menos que el que me tenía en aquella época. Tampoco puedo decir que fue como mi otra mamá, porque al fin y al cabo lo era en realidad: mi primera maestra fue ella, mi mamá.
Que mi mamá hubiera sido mi primera maestra no fue casualidad. Gracias a Dios –confiesa hoy, escueta- que me quedé sin trabajo en la fábrica de confecciones y su papá se encargó de mantenernos en ese tiempo. La verdad, yo odiaba tener que irme tan temprano y dejarlo llorando. Además, usted nunca se amañó donde las monjas. Era una pelea cada mañana. Por eso me quedé yo en la casa y mientras tanto le iba enseñando a leer y a escribir.
Era verdad: nunca me adapté al ambiente insufrible del “Jardín Infantil Nuestra Señora de Lourdes”. A los cuatro años me era imposible levantarme a las siete de la mañana para bañarme y estar a la hora del desayuno, que no consistía en más que una eterna taza de bienestarina.
Aquel recinto que, si bien, era amplio, limpio y tenía piscina, para el yo-niño era la más horrible prisión. Si aquella casa era grande, era un desperdicio, pues las monjas no nos dejaban correr. Su limpieza era la consecuencia de que todo debía estar en estricto orden, y cuando, como premio a las insoportables horas de siestas obligadas, nos dejaban acceder a la piscina, era desconsolador para mí, pues no aprendí a nadar hasta que estuve en la secundaria.
Las actividades nunca involucraron la lectura, aunque, para ese entonces mi mamá ya empezaba a leerme las primeras fábulas. Si la memoria no me traiciona (pues el jardín infantil fue una de esas experiencias que es mejor tratar de olvidar) nuestra rutina consistía en aprender cantos, religiosos en su mayoría; oraciones, coplas y adivinanzas. Después del almuerzo, tomábamos una siesta hasta que los papás venían a recogernos. De vez en cuando, y como una aparición de la virgen, salía una monja amable que amenizaba aquel ambiente carcelario tocando cantos infantiles con su armónica. Triste hasta la inverosimilitud, pero cierto.
Mi mamá, por supuesto, nunca creyó mis versiones sobre el comportamiento de algunas de las mujeres que nos cuidaban, pero, cansada de mis lloriqueos, a los seis meses cedió y decidió sacarme de allí para enseñarme ella misma, con sus métodos y con su experiencia. Vaya a saber si la verdadera razón fue que no quiso regresar a su aburrida labor y mi aprendizaje fue la perfecta excusa. En todo caso, aquellos seis meses que pasé con ella, sentado cada tarde en el pupitre de segunda mano que mi papá consiguió, sin más recursos que una cartilla de “Nacho” y todo lo que aquella mujer pudo inventarse fueron los momentos más emotivos y felices de mi niñez.
En pocas semanas aprendí que mi mamá me amaba, que mi papá tenía una pipa (aunque nunca lo vi fumando) que el nené lloraba, que el doctor sanaba mi dedo, que llave va con elle y no con ye, que el alfabeto tiene 28 letras y que una de ella no puede hablar, que mi nombre tiene ocho letras y que las palabras son infinitas, que yo mismo podía inventarme unas cuando quisiera. El tiempo libre que le quedó a mi mamá después de renunciar, le sirvió para pintar, decorar, recortar y marcar las letras del alfabeto en pequeños cartoncitos, de manera que me pasaba las horas armándolas palabras que ya sabía y creando otras. No hubo nada que me importara más en esos días que andar rayando cuanta superficie se dejara con mi nombre, con el de mi mamá y el de mi papá. Y en las noches no había nada que me interesara más que volver a saber qué le había pasado a la gallina y al pollito, cuando salieron a buscar avellanas, después de que ella se atragantara por no compartir con su hijo y cómo este tenía que ir de un lado a otro tratando de buscar agua del pozo para desatorarla (aunque yo supiera que al final ella moría por tacaña) o si no cómo amenazaba la mamá oveja a su hija con entregar la al lobo si no la obedecía, o saber por qué la zorra y la cigüeña se invitaban a comer si no tenían la vajilla adecuada para servir el caldo. Así, sin darnos cuenta, habíamos devorado todas las páginas de “Fábulas Escogidas”, un librillo viejo y lleno de imágenes que, así como llegó a la casa desapareció, y al que a veces traemos a cuento cuando repasamos algún episodio de esos años o cuando hacemos trasteo de libros.
Aún hoy me pregunto cuál fue la razón para que mi mamá le diera ese valor tan especial a la lectura, como parte fundamental de mi educación. La pregunta no es tan obvia como parece, teniendo en cuenta que, a la fecha, parece tenerle una guerra declarada a los libros. Si en mi niñez fueron tan importantes para ella hoy se resumen en: “inservibles, enloquecedores y en un gasto de plata innecesario”
De cualquier forma ella fue quien lo hizo, despertar mi amor por la lectura, o por lo menos, por las historias ficticias, aunque hoy ella piense que tal vez se le fue la mano. “Yo no creí que eso le fuera a gustar tanto” me dice.
Esa aproximación edípica a la lectura (nótese que la mayoría de historias involucraban a la madre y a sus hijos) de algún modo cambió cuando mi papá se encargó de suministrarme nuevo material para mis lecturas. Es aturdidoramente curioso que mi mamá, apenas vio que yo era capaz de decir en voz alta lo que estaba en el cuaderno, o sea leer, se desentendió totalmente de mi educación. Para ella fue su misión cumplida, y a su parecer, lo había hecho mejor de lo que esperaba. De ahí en adelante leía solo. Cansado de las mismas historias, decidí pedirle a mi papá que me comprara los cuentos de Walt Disney, que en realidad no eran más que los resúmenes de las películas que estaban en cartelera. Fue de esta manera que perfeccioné la lectura en voz alta, aprendí a leer de corrido, a respetar los signos de puntuación y de entonación, y conocí las cuitas de todas las princesas habidas que siempre pasaban de pobres a ricas y terminaban felices y casadas para siempre.
Jenny
Jenny era una niña vecina muy amiga mía con la que pasaba las tardes leyendo la Biblia sentados en un enorme sillón de madera. Fue mi primer amor y le dedico este pequeño espacio al recuerdo de tantas horas tratando de descifrar las claves del Apocalipsis, fascinada ella por los dibujos de dragones escupiendo fuego y de personas llorando, y yo de que aquellos cuentos llenos de miseria y de dolor fueran música para mis oídos, solo si salían de sus boca. Inexplicable.
La República del Ecuador
Cuando entré a la escuela noté con satisfacción que sobresalía por tales habilidades. Me adapté mucho más. Las cosas eran fáciles y divertidas para alguien que sabía los temas de los dos primeros cursos.
Allá por el año 93 mi papá consiguió un cupo en la “Concentración Escolar República del Ecuador”, una casona antigua perdida en la mitad del mercado de las pulgas y las chatarrerías de la carrera 14 con calle 28, que quiso ser escuela y lo logró. Allí cursé los primeros cuatro años de primaria (de kinder me pasaron a primero) conocí a mis primeros amigos, tan inolvidables como mi primera maestra, y tuve mi segundo amor.
La sensación de cercanía a mi papá, que comerciaba chatarra en los alrededores, y la facilidad con que repasé lo que ya sabía me dieron la seguridad para adaptarme a la nueva escuela. Fui un niño consentido, para qué digo que no. Usted es un niño consentido, me dicen mis tías, pero qué puedo hacer, fui hijo único y en ese entonces me sentía un prodigio de Dios.
Puedo decir que el primer día de escuela fue un anticipo a lo que serían los siguientes cuatro años. Mis recuerdos son vagos, pero sí sé que me sentía como pez en el agua en medio de tantos niños llorones. Que si sabían que decía la m con la a, no tenían idea de que decía la c con la r y la u más la z, ni menos de qué diablos era un diptongo, o un cráter o en qué parte del país quedaba Puerto Inírida. Yo en cambio sí, pero no era capaz de escribir con la mano derecha, y eso fue motivo de risa para muchos, o de hacerle caso a la profesora Alcira cuando me decía que si iba a escribir con la zurda por lo menos cogiera bien el lápiz, o de recortar con tijeras que no cortan. Eso, recortar, fue unos de los más grandes fracasos de mi yo-niño. Por suerte no recorté mucho, pues me promovieron al grado primero.
En primero, mi vida era la de cualquier niño ñoño que termina de primero las sumas y que se da a la tarea de distraer a los otros. Ese que se sabe el final de todos los cuentos y le daña la sorpresa a sus amigos y de paso el rato a la profesora que cree que un buen método de lectura es dejar a la imaginación de los niños el final del cuento. Pero la culpa fue de mi mamá. Podría pensarse que estaba cansado de oír las mismas historias, pero no fue así esta vez. Con el dominio de mi extraordinaria capacidad decodificadora en primer lugar guardé en mi corazón los cuentos de mi niñez como un recuerdo invaluable de mis primeros años, y en segundo lugar, le abrí las puertas a todo lo que tuviera letras: los letreros de los depósitos de chatarra, las placas de los carros, los avisos de los almacenes, los letreros de los buses, el menú de los restaurantes, los nombres de los socios de mi papá, escritos en pequeñas tarjeticas, las revistas de mi mamá, donde salía Amparo Grisales semidesnuda; los frascos de aceite, las bolsas de leche, las instrucciones del armatodo, los cuadernos de mis primos mayores, llenos de cabo a rabo de mensajes amorosos y dibujos de corazones flechados, y los textos escolares de mis tías, relegados al cuarto de san Alejo. Con gran nostalgia recuerdo uno de aquellos libros era una “Historia de la Nueva Granada”, un reino tan maravilloso y ficticio como los de Disney, en el que vivían princesas de la talla de Manuela Beltrán y Policarpa Salavarieta. Reyes que no eran generosos sino perversos, y caballeros andantes como Bolívar y Santander.
En segundo grado, la misma profesora me enseñaría de memoria poemas de Pombo. Fue entonces cuando representé a Juan Matachín en las izadas de bandera de la escuela. Todavía tengo la foto, me dice mi mamá. La verdad, tengo pocos recuerdos de aquellos días, todos se han ido menos el de Érika, la niña de primero que me gustaba, y el de aquel poema larguísimo y lleno de palabras raras que comenzaba: “El hijo de rana, Rin rin renacuajo…”Sin embargo, fue uno de aquellos libros refundidos el que influiría en mi niñez tanto o más de lo que lo hicieron El Quijote o la Bovary en mi juventud. El Devocionario Católico, y en general, los libros de religión, de vidas de santos y de doctrinas eclesiales marcaron un punto definitivo en mi historia lectora.
Una vida que no tenía fin
La idea de una vida que no acaba me deleitaba hasta el éxtasis, la sola idea de rencontrar a mis seres queridos fallecidos me daba una esperanza demasiado grande para un niño de 10 años.
No era raro. A la edad de 8 años sentí la mano helada de la muerte de la manera menos esperada y más dolorosa. La ausencia repentina de una tía a la que muchas veces confundí con mi mamá y la muerte fatídica de mi abuelo se unieron a mi batalla personal contra el asma, la enfermedad fatal que se la había llevado a ella y ponía sus miras en mí. Fue precisamente en una de las tantas ocasiones en que me encontraba en la sala infantil del Ramón González Valencia que mi mamá me llevó aquel libro que me sirvió para pasar mis horas tristes.
De carátula vino tinto y muy pequeño para tener todas las plegarias del mundo, desde entonces significó más para mí que cualquier otra cosa legible. Aprendí de memoria las oraciones, que usaba como fórmulas mágicas en mis tiempos difíciles. Conocí a cientos de personajes que, por dejar la vida mundana y renunciar a los goces pasajeros de la tierra, ganaban la eternidad y de paso un retrato en el Vaticano. Me fascinaba la idea de lo efímero de la vida, y sobre todo de la mía. Creí que era bueno tener la esperanza de llegar a un lugar donde no se llora y nadie sabe del dolor. A los diez años ya era más del cielo que de aquí, quería ser como Domingo Savio, quería tener los estigmas de San Francisco, quería ser un pastorcito de Fátima y poder hablarle a la virgen. Mi biblioteca era la de un jesuita. Mis libros, como los demás cuentos, hablaban de apariciones y milagros, de prodigios, promesas, viajes y libros de la iglesia.
Todas las tardes después de prestar mis servicios como acólito en la Parroquia de María Auxiliadora, me encerraba en el almacencito de libros a saber qué le había pasado a Francisco de Sales. Era una biografía que nunca creí llegar a terminar. Fue el primer libro serio que leí (digo que serio porque no tenía imágenes y tenía más de 200 páginas). O a leer las aventuras de don Bosco, que nunca superó la muerte de su padre y los maltratos de su hermano y se voló de la casa (cosa que mi mamá jamás supo) o la vida de Alejo, relegado al cuarto más miserable de la mansión ostentosa de su propio padre, o la de Magone, el alumno drogadicto de don Bosco al que ahora le ponen velas. Después, sin saberlo, llegaron a mis manos otros títulos que poco tenían que ver con caridad, abnegación y castidad. Por esta línea y colados entre las novenas al Divino Niño y la biografía de Antonio de Padua estaban Oliver Twist y Los Viajes de Gulliver, “Lecturas sabrosas” se llamaba el libro que las incluía. Pero, entusiasmado como estaba por ganarme el cielo y de construir una estatua de María más grande que la del Cristo del Corcovado, hacía poco caso a las historias que no tuvieran que ver con lo sagrado, aunque disfrutara leyéndolas. De esta manera entré al colegio Salesiano a hacer mi bachillerato.
El colegio, ese horrible invento
La primer obra literaria que leí cuando empecé a hacer sexto grado fue “El Diablo en la Botella” de Robert Louis Stevenson. El cambio de género no me afectó en absoluto (los libros de religión hablan tanto de Dios como del Diablo), de hecho, se parecía en cierto modo a algunas de mis anteriores lecturas de relatos mágicos y apariciones, solo que esta vez las forma de contar la historia era diferente. Mucho más emocionante, pero a la vez más complicada. Recuerdo haberme enfrentado a los primeros nombres raros que leí en un libro “Keawe” y “Kokua” y a un vocabulario extraño, que se refería a ornamentos orientales, a la náutica, a tierras lejanas. Particularmente prefería las historias cortas, que los libros fueran delgaditos, le pedíamos a la profe. Y aunque este libro aparte de delgadito era interesante, no supe nunca por qué no seguí indagando en las historias de Stevenson, ni en las de otro autor, ni por qué en secundaria mi gusto por la lectura disminuyó tanto.
Tengo pistas. Quizás fue el método de control de lectura de la profesora o el hecho de que me fue mal en todos los trabajos, a pesar de que leía las obras con gusto y dedicación. Este método consistía en desbaratar el libro y reconstruirlo en hojas de papel tamaño carta, CON LAPICERO, así, en mayúscula. Saque los personajes principales y los secundarios. Saque las principales características de los personajes, tanto físicas, como sicológicas (qué horror).Dibújelos. Saque el ambiente, la escena donde se desarrolla la historia. Haga un árbol genealógico con los personajes y resuma cada capítulo en una hoja de papel bond (guácala ).
“La Loca Lucila”, apodo que la profesora de Español se había ganado con mérito, tuvo toda la buena intención de aproximarnos a la lectura, aunque se le haya salido el tiro por la culata. De todos modos, creía que la literatura era de suma importancia en nuestra educación, aunque ni ella ni nosotros supimos por qué. Recuerdo que con ella leí mi primera página de Don Quijote (aunque no pasé a la segunda sino casi 8 años después). Con ella leí- desmenucé- “Mi Amigo el Pintor”, de Bojunga Nunes y “Juan Salvador Gaviota”.
Mi escaso interés por la literatura se vio motivado al año siguiente cuando en clase leímos un fragmento de “La Odisea” de Homero. Me impactó tanto la historia de Polifemo que quise seguir leyendo toda la obra. Pero reconozco que no pude hacerlo porque no sabía dónde conseguirla o a quién pedírsela prestada. La profesora Marlene Peñaloza, un gigante tan inverosímil como los de las historias que nos leyó, trató de inculcarnos más el amor por la gramática, la limpieza a la hora de escribir y los buenos modales con la lengua castellana.
Sin embargo, no fue hasta que cursé octavo grado que cualquier rastro de interés por la lectura se esfumó. Para esa época era yo un adolescente que acababa de estrenar milenio y mis intereses estaban enfocados en todas partes menos en leer. A mis 14 años solo tenía cabeza para mis propios problemas como para acarrearme los de seres imaginarios, solo me gustaba la música, el teatro, hacer de cuenta que el dolor no era mío y entregárselo a un personaje ficticio para que lo gritara en escena, ya que era imposible en la vida real. Husmear la basura de la estrellas de Hollywood tal vez como un consuelo de que hay quienes lo pasaban peor que yo .Para ese entonces era un chico solitario, de muy pocos amigos con los que una o dos veces compartí textos de asuntos paranormales o religiosos.
Por su parte, el colegio era cada vez más desmotivador. Las lecturas que nos recomendaban eran aburridísimas y yo me sentía mal porque la profesora las halagaba tanto, me sentía como el que no entendió el chiste. De los ejercicios de clase ni qué decir. A la profesora “Oliva”, y me refiero al sobrenombre porque la pobre estaba en los huesos, se le ocurrió en pleno octavo grado que la buena letra era indispensable en nuestra educación (aunque, de nuevo, no sabíamos por qué) y entonces pasábamos las horas haciendo planas interminables para mejorar la caligrafía y el orden de los cuadernos. Fue en ese grado que conocí los libros de autoayuda. Oliva nos recomendó los de Og Mandino , que enseñaban la fórmula para hacerse rico y poderoso de la noche a la mañana, o la mejor estrategia para ser el vendedor más grande del mundo.
Pero en ese entonces, para mí los más grandes del mundo eran Shakira y Enrique Bumbury, Madonna y Robbie Williams, Calamaro y Jennifer López, Britney, Christina y Robinson Díaz. No hubo nada que me importara más que saber qué hacían o dejaban de hacer las estrellas de la farándula. La mayoría de mis libros fueron vendidos para comprar CD’s . Quería ser como ellos, ganarme un Oscar, vivir en New York, tener plata. Cuando salí del colegio me regalaron una guitarra en la que traté de tocar “La chispa adecuada”, “yesterday” y el repertorio completo de los villancicos tradicionales y terminé tocando sonatas de Bach y rondós de Mozart. Contagiado del furor de la música latina que cada vez se imponía en las emisoras y motivado por mis propios problemas que rodaban como una bola de nieve en el dédalo diario que creaba en mi mente, escribí mis propias canciones. Eran letras llenas de cursilerías y melodías desastrosas que se quejaban de que la vida no fuera tan cursi como debería ser. Empecé a escribir artículos que denunciaban a mis profesores, al adulto hipócrita, al sacerdote malvado, a los compañeros más gaznápiros, a quien se atrevió a decir que qué le había pasado al niño que había cambiado tanto, que antes tan piadoso que era, que no lo he vuelto a ver en misa. A esos denuncié. Claro que nunca lo supieron porque en contadas ocasiones mostré lo que hice. En especial porque me parecía que la escritura, los libros y el estudio eran un instrumento del adulto para acribillar a los más jóvenes. Yo fui el único que no vio a “La Ciudad y los Perros” como una gran obra de nuestro siglo, sino como la confirmación de mis teorías anti-adolescentes. Yo fui el que en vez de leer “Rayuela” dibujaba al profesor en clase, exagerando sus defectos más pequeños. A pesar de todo, las humanidades fuero siempre las materias que más me agradaron. No soportaba los números (algo normal para quien estaba habituado a vivir en todos los mundos menos en este) y el Diseño, mi especialidad, según mi diploma, me parecía tremendamente aburrido. Confieso que se me daba mejor la tarea de criticar. Escribir para mamarle gallo a todo el mundo, escribir la historia de mi vida, y la de mis amores, aunque nunca las pude terminar.
Salí del colegio con muy pocas orientaciones sobre literatura, pero con la certeza de que leer era importante. Por ejemplo: de cumpleaños quería un libro, pero no sabía de qué. Terminé leyendo las tácticas para ser un buen estudiante vago. Si en ese tiempo leí algo antes de entrar a la UIS fue”El caballero de la armadura oxidada” y “Alicia en el País de las Maravillas”, y eso porque Gwen Stefani había hecho un video musical relativo a la obra. De todas formar revolví la biblioteca olvidada de mi tía y me encontré a clásicos como: María, que ya había leído en décimo grado, y Cien Años de Soledad, que estaba leyendo cuando entré a hacer el primer semestre de la licenciatura. Mis primos, que supieron la noticia de mis estudios me hicieron llegar “Cuentos de la selva”, y “Crónica de una muerte anunciada”. Un buen material para empezar carrera, creí.
¡UIS NO ES UNO!
Una de las cosas más curiosas que me pasó al llegar a la UIS es que creía haber leído mucho y no era cierto. Eso no me preocupó. Sabía que todo es cuestión de mérito, así que fui a la biblioteca y lo primero que encontré fue una biografía de María Antonieta. Me interesó al instante porque recordaba la presentación de Madonna , vestida de la reina francesa en los MTV awards del 90. Además tenía apartes en francés, idioma que estaba conociendo.
Después de conocer la trágica experiencia de la monarca adolescente, seguí por la línea de las soberanas y leí Juana la Loca, motivado como estaba por la película de Aranda sobre la española. Ese fue el inicio de unas pequeñas biografías que me gustaban en ese entonces. Fáciles e interesantes. Ya en segundo semestre noté algo raro. Resulta que Cuautémoc Sánchez , Jorge Franco y Paulo Cohelo era lo que no se debía leer o, como decía el profesor, leer y echar a la basura. Algo parecido me pasó con un libro del que me jactaba porque solo yo conocía, y que el profesor menospreciaba bajo el particular título de “literatura de alcantarilla”. Ahí fue cuando empecé a preocuparme.
Para resumir, voy a decir que la experiencia de la lectura en la UIS ha sido mucho más enriquecedora. No diré los títulos que he leído, aunque ya me siento más orgulloso y privilegiado de haber conocido la obra de muchos escritores. Pero es porque he tenido profesores y amigos que me han acercado a la literatura de calidad a su manera. Está el maestro que lee con tanta pasión un poema o un cuento o que habla con tanta admiración de un autor que irremediablemente uno termina indagando, leyendo, disfrutando y recomendando. Esta ese que en vez de incentivar a la lectura ridiculiza a los no que no han leído tanto, curiosa manera que también hace que uno lea. O ese que ha leído tantos libros que a uno le parece que la vida no le alcanza para conocerlos en su totalidad.
La literatura no es una, no existe una única forma de leer ni de escribir. Gracias a mis compañeros he disfrutado buenos textos, unos de literatura universal y otros escritos por ellos. Me gustaría poder compartir lo que he aprendido con mi experiencia lectora, tal vez para prevenir y tal vez para enseñar que existe la posibilidad de hacer magia con las palabras y de escaparse de una realidad que a veces no es tan gratificante.
Son tantas cosas las que se me quedan por decir, querido lector que has recorrido mi vida lectora con tanta paciencia, desde que mi mamá me leía fábulas, hasta el día de hoy, que dice que por culpa de los libros me he vuelto loco, ateo y desobediente. Pero por no aburrirte más quiero terminar acá, dejando un espacio en blanco para seguirla llenando con todo falta desde el día de hoy en adelante y recordando aquel poema maravilloso de Gómez Jattin que se intitula “Desencuentros”, ese que dice:
¡Ah desdichados padres, cuánto desengaño trajo a su noble vejez el hijo menor, el más inteligente! En vez de abogado respetable, marihuano conocido; en vez del esposo amante, solterón precavido; en vez de hijos, unos menesterosos poemas. ¿Qué pecado tremendo están purgando ese honrado par de viejos? ¿Innombrable? Lo cierto es que el padre que le habló en su niñez de libertad, de que Honoré de Balzac era un hombre notable, de la Canción de la Vida Profunda, sin darse cuenta de lo que estaba cometiendo”