En busca del licenciado
Voy en busca de alguien que ni siquiera sé si existe. Voy solo, lleno de miedo e incertidumbre. Solo, a pesar de las recomendaciones, solo a pesar de mí. Voy como el que se siente atraído por voces lejanas y ajenas, como el que camina a tientas. Pero voy. Voy en busca en un sujeto esbozado en mi mente, hombre o mujer, no se sabe. Un maestro refundido en la montaña, en la vereda San Rafael, domingo 29, hacia él voy y él hacia mí, aunque no lo sepa. Mi equipaje: un cuaderno y un lápiz, una muda de ropa para dos días, una fortuna en el bolsillo y la cabeza llena de cucarachas.
Le pido al chofer que me deje en el mirador del Chicamocha. Quiero ver las cometas, tomar fotos, fumarme un cigarrillo. Hay un montón de carros en caravana, niños correteando, turistas regados por todos lados. A mis pies el cañón se abre imponente. Abre la bocaza, amenazando con tragarnos a todos, con dar tremendo grito. Solo escucho, sin embargo, el eco de voces apagadas. El motor horrible del teleférico intruso que acalla una canción ancestral. Es la voz de mis abuelos, que me reciben, el espíritu de un antepasado que me da la bienvenida. De aquí salió toda la plaga de los Patiño, me gusta decirles a los que vienen conmigo, señalando el orbe como si fuera mío, hablarles del río como si yo me lo hubiera inventado. Pero hoy vengo solo. No hablo con nadie del clima, ni de los indios, ni del arcoíris mediocre que se acaba de asomar. Ni de que, cuando yo me muera, quiero volar por la montaña, en vez de descansar en paz. No voy a hablar con nadie antes de encontrármelo a él.
Empiezo a descender el camino pedregoso y la luz me abandona súbitamente. También el ruido. La escuela, mi meta, es apenas un punto blanco perdido en el monte. En una hora estaré allí. Entonces recuerdo que soy un miedoso, que me advirtieron que no viniera solo. Pero he aprendido que los miedosos se pierden de varias cosas, entre otras, de enfrentar el miedo. Rosa Montero dice que los valientes carecen de imaginación, que no le temen a nada porque no prevén el futuro. Yo no he andado ni 15 minutos y ya he muerto de 5 formas diferentes. Si me aterra la soledad, la enfrento; si le temo a las alturas, me lanzo. Dicen que el miedoso no vive la vida, pero viéndolo así, un miedoso como yo, la vive más intensamente.
Llegué donde mis primos y pregunté por él, como el que pregunta por todos. Mis primos viven a 10 minutos de la escuela y ni siquiera saben el nombre del único maestro de la vereda. Poco se sabe, como que vive en Piedecuesta, que va y viene cada día, que tiene moto, y que es hombre. Cenemos, entonces, arreglemos el país si quiere, primo, puedo fingir que tengo novia, que me las sé todas, que me va bien, puedo creerle todos sus cuentos, y hablarle un poco de los míos, pero estoy cansado, siete de la noche, penumbra sin tregua, ganas de echarme al piso, frío, mucho frío, siete de la mañana, un sueño echado a pique por el despertador, es la hora de seguir buscando, cinco minutos , diez , quince y pare de contar.
Estoy frente a la Escuela Nueva San Rafael y me parece haber llegado aun velorio. No. En los velorios se susurra. Estoy en un cementerio que queda en el culo del mundo. Puro silencio. Perdí la jodida, pienso con rabia. Voy para el segundo madrazo, cuando de pronto diviso una cabeza rapada, luego dos, tres cabecitas rapadas y un par de colas de caballo. Un manojo de niños silentes miran un documental en el único salón de la escuela. Detrás de ellos, el profesor, recién salidito de mi imaginación, me da la espalda mientras escribe en el tablero. Buenos días, decimos en coro, cuando me percata. Es mucho más guapo de lo que pensé. No sé por qué creí que era más viejo, que vestiría mal. Supuse que alguien que trabajara en esas soledades tendría marcado en la cara tanto trajín. Pero él no. Viste mejor que yo, la verdad: jean de arriba abajo, con camiseta verde soldado, usa zapatillas negras, grandes. Mide como 1.90, macizo, lampiño, barrigón. Un hombre hecho para estos trotes. Los ojos negros y rasgados. También tiene rasgado el hemisferio izquierdo de la cabeza. Acaba de escribir “solidaridad”. Es diestro. Yo tomo asiento en lo que es la mitad del salón y de la básica primaria también. A mi izquierda, dos niñas menuditas (una de las cuales manifiesta conocerme) cursan primero. A mi derecha, cuatro niños y una damita se reparten entre el segundo, cuarto y quinto grado. Todos llevan el mismo maletín, todos usan ropa parecida, todos tienen la misma cara de enajenados propia de los de allá, todos los ojos puestos en mí, todos tienen el mismo profesor.
Edwin Fernando Ramírez Gualdrón es licenciado en Educación Básica con énfasis en Artística de la Universidad de Pamplona. Dicta clase hace 10 años, de los 30 que tiene. Casado, hijo de dos años, vive en Florida (no en Piedecuesta) y cada día se transporta en moto desde Cañaveral hasta la vereda y de ahí hasta Cañaveral otra vez en un viaje que dura dos horas en moto, hace dos años.
Está explicando qué significa ser solidario cuando lo interrumpe José Heriberto, a quien saluda de “Buenas noches”; después por Robinson, un fugitivo del país de Liliput, y minutos después por Diomedes, el único niño especial de la clase. Se va al otro extremo del salón. Ahora les pertenece a Mayra y a Tania. Las que van de primero. Dictado, les dice. Ellas se preparan. Los demás van pensando en qué puede ser la amabilidad, el respeto y la simpatía, mientras el profe emite una descarga de palabras en diminutivo. Diomedes se me planta al frente y me escudriña. Lo único que se me ocurre hacer es levantar el pulgar en señal de enhorabuena y preguntarle cómo está. Los otros me miran también, esperando un gesto parecido, pero pretendo ser invisible y le echo un vistazo al salón.
Cuatro ventanas, dos estantes de cinco pisos llenaos de cartillas, un televisor con DVD, dos computadores (¿servirán?) un altar a la Inmaculada Concepción, una pila de sillas esperando más alumnos, una guitarra, un tablero gigante con una cruz de palo encima. Calor, mucho calor. El único ruido, el canto de una mirla, radio Santander, la cariñosa, y el profesor dale que dale con que la T con la O, la R con la I, y la T con la O. Fallo en mi intento de invisibilidad, porque me aburro y empiezo a tomar fotos como loco. De todos modos no hay revuelo ni interés por mi cámara. Empiezo a dejar de ser el centro de atención. El profesor de levanta solemne y dice que la gente confunde la simpatía con el aspecto físico. Que hay personas que antes que nada se fijan en el aspecto y no en la forma de ser, que es lo que vale - ¿o no profesor?- me lanza ese dardo y yo me siento en evidencia. Sonrío como un perfecto idiota y agacho la cabeza para que no me vea colorado. Los niños ni se avispan. No se inmutan. Cuando el profesor habla es como si hablara el Papa, ya me decía yo que tanto silencio era más como para un panteón. Al profesor lo respetan (¿o le tienen miedo?) Son las 9.30 y él no ha sonreído desde que empezó la jornada. Eso me aburre más. Como retoma el dictado mientras Diomedes lidia con la letra e y las niñas ordenas frases, me salgo del salón antes de sofocarme. Al fin y al cabo ya dejé de ser el centro de atención.
Paso media hora tomando fotos y fumando. Ahora es él quien va en pos de mí. Quiere iniciar una charla sobre pedagogía que yo le corto de una. Soy un fiasco en la materia. Así que le averiguo la vida entera. Sé, por boca suya, que antes de ser lo que era, estudiaba Ingeniería Eléctrica, que, por un accidente en la moto duró un mes en coma y no pudo terminar su carrera porque no tenía puestos todos los sentidos. Que la docencia fue otra opción, que le gustaba pero que era muy difícil – no pida primaria- me dice. Tiene varios proyectos en mente, pero siente que no le colaboran. Un montón de ilusión- me dije- eso es lo que es. Eso es lo que somos. El recreo dura 20 minutos en los que me habla de Escuela Nueva, de modelos pedagógicos y de lo chévere que debe ser estudiar en la UIS. Me enseña una biblioteca en las que se juntan El Príncipe con Misericordia día a día, La Marquesa de Yolombó con libros de éxito financiero, El Lazarillo y Los Pasos Perdidos con textos en inglés. Me ofrece un tinto, bosteza, me regala una sonrisa, me pide excusas. Es hora de regresar al salón, es la hora del cine.
Vemos Como Perros y Gatos, y terminada la función el grupo posa para una foto. El profesor les pide que se organicen como cuando cantan en el coro. Los niños se acercan a curiosear cómo salieron y ahí ven a los dos Josés, uno tímido al que le gustan las matemáticas y el otro, que quiere ser profesor. Sonríe Arnulfo, que vive como a diez minutos de la escuela, y junto a él, Sol, la damita del salón. Le pido al profesor una foto de él solo a la que accede bromeando que tiene porte de modelo. Los niños corren al comedor. Y ahora qué- me dice-¿la subidita? Yo sé que se refiere a la peña, pero en el fondo también, en lo que me falta de experiencia. -Usted debería dar clases aquí- me había dicho medio en serio, medio en chiste. Yo no sé si a estas alturas estoy preparado para dar un catecismo. Me falta, me falta. Es lo único que acato a pensar.
Es la hora de decirles adiós a los niños, al profe y a san Rafael, el ángel que se erige a un costado de la casa, como dando la bienvenida a esa especie de paraíso oculto que es el conocimiento.
Miro la loma encendida que me aguarda y después el rastro de polvo de una motocicleta que se aleja zigzagueando. Abajo, el Chicamocha también zigzaguea, como una culebra silenciosa.
Pd: Los computadores no sirven. El profesor Edwin adelanta un proyecto para ampliar las instalaciones de la escuela y la rifa de un DVD para comprar utensilios de cocina.