lunes, 23 de agosto de 2010
Solo
Significado literal
La imagen son dos espigas, una de las cuales está rota. El fondo es amarillo y blanco, y tiene unos trazos del mismo color, como rasguños.
Significado profundo
Se trata de una metáfora visual que hace parte de una propaganda que representa el horror de las víctimas de las minas anti persona. Las espigas de trigo son dos piernas, unas de las cuales está rota y de la cual brota sangre. El trigo, que tradicionalmente representa la alegría, la abundancia, la vida, por el color amarillo, aquí aparece opacado, sugiriendo tristeza, desolación y miseria. En cuanto a la textura, en el fondo de la foto aparecen rasguños, símbolo de la angustia y el horror. Las espigas, que aparecen marchitas, son la imagen de la miseria y de la tristeza ocasionadas por una mina anti persona.
Ejercicio de alfabetidad visual

Funcionalidad
El objeto se trata de una mesita para el computador portátil. Dado su tamaño y sus características, se puede decir que resulta útil porque se puede plegar y desplazar, ya sea a cualquier parte de la casa o hasta la misma oficina de trabajo. El tamaño no le quita la fuerza para sostener el computador portátil y además, el mouse y las USB.
Belleza artística
La elegancia del artefacto está dada, en principio, por su tamaño y por su forma. Los círculos y los cuadrados son las figuras que privilegia el diseño. Anotemos aquí, que tales figuras son sinónimos de armonía, orden y eficacia. Justo lo que se necesita para un trabajo de oficina. Los colores por su parte, grises y negros, denotan seriedad, trabajo y rendimiento, en cierta forma. Las patas de la mesita, aunque rompen con la recurrente línea recta, mantienen los colores. Esto le da un diseño futurista y oficinesco al artefacto.
miércoles, 16 de junio de 2010
domingo, 30 de mayo de 2010
Ejemplo del primer ejercicio
A decir verdad, no fue una sorpresa que yo terminara estudiando para ser profesor. En mi familia existe la creencia de que se nace con la vocación y que se lleva a cuestas para toda la vida. Que el destino brota por los poros, que se nota a los pocos años de vida y que, como no, es imposible escapársele. Generalmente, son las mujeres de la casa las se encargan de darle los pronósticos a cada uno, así crean o no, así hagan mala cara o les digan desocupadas. Hay primos que juran que sí salen, que a uno le dijeron que mejor no le hiciera gastar plata a los papás en universidad porque en el colegio iba a embarazar a la novia, y fijo. Que a otro le dijeron que se dedicara a trabajar si no quería terminar en el ejército, y ahora estudia para ser cabo tercero. A una tía muy querida le sugirieron que no montara negocio, que esa plata mejor la invirtieran en el menor, que si contaba con el suficiente apoyo nos traía el primer Oscar a los Patiño y a los colombianos. Y a nosotros, que no nos abstuviéramos de andar con los vagos y marihuaneros del barrio, porque tarde que temprano nos iban a aburrir con sus eternas conversaciones de zapatos y de armas, porque la generación de nosotros sería una generación lectora. A mí me decían que pintaba para profesor o para cura, diera las vueltas que diera.
Aunque no doy con los motivos de semejante vaticinio que, como todos los vaticinios, es aterrador, estoy seguro de que en el fondo me lo creí y terminé escogiendo el camino que me pareció menos cruel. Y no es que pensara que el sacerdocio fuera un oficio inútil y antinatural para el hombre. No. De eso vine a darme cuenta hasta hace poco. O porque creyera que la docencia era una profesión mejor vista y más respetable en la sociedad. Tampoco. Pregúntenle a un estudiante de décimo qué piensa de la mayoría de sus maestros y confronten. En todo caso, si nos fijamos bien, los dos caminos no son tan diferentes. Mal o bien, los maestros y los curas representan dos poderes que en el siglo pasado eran inseparables. En teoría, ambos desempeñan un papel fundamental en el desarrollo de la sociedad. Son sinónimos de intelectualismo, de erudición, de sacrificio y de trabajo. Son trabajos mal pagados, pero cuentan como figuras de autoridad, como retadores, como guías o como pastores, si se me permite el cliché. Ambas carreras me gustaban. Cura y maestro son tan parecidos que, si excluimos el celibato, encontramos que sus diferencias se reducen considerablemente. Sin embargo, hubo una en especial que, entre otras cosas, fue la clave para que al fin tomara una decisión: el jefe. O lo mismo es decir: quería una profesión que sí fuera de este mundo.
Licenciatura en Español y Literatura fue el único título para una carrera que se me hizo sonoro el día que nos llevaron a la UIS cuando estaba en el colegio. En once grado uno cree que el bachillerato es para siempre. Mejor dicho, uno quiere creerlo así. En mi caso, tuve más miedo de salir al “mundo real”, como lo llamaban los curas, que de que se cumplieran las predicciones de mi familia. En parte porque casi nunca les hice caso (o prefería no hacerlo). Debo anotar aquí que mi proyecto de vida volaba tan alto y tan lejos que no tuve tiempo de agarrarlo a dos manos, aunque distaba mucho de los salones de clase o del seminario. De todos modos, admito que siempre me brotó por los poros el gusto por la lectura y por la mística. También admito haber dado pistas para que se formulara el pronóstico de mi destino. ¿Quién no apostaría a que un niño va a terminar dando clases si todas las tardes reúne a sus amiguitos para ponerles tarea en el tablero que exigió que le compraran? ¿Cuál abuela que sea cristiana vieja no le da gracias al cielo por el primer futuro sacerdote de la familia cuando ve que su nieto ofrece misas paganas en el patio de ropas y le gusta andar por ahí vistiéndose de obispo?
Eran pasatiempos de niño, que se hacen dependiendo de la libertad con que se cuente. Y como yo contaba con mucha, pude explorar varios de mis talentos y facetas. Pude hasta escoger una carrera que, por razones que hasta ahora empiezo a entender, a todos les parecía descabellada. Ser un profesional en arte dramático era un concepto nuevo, nunca antes explorado por alguien que llevara alguno de mis dos apellidos. Difícil y más tortuoso que mil sacerdocios juntos, el camino para llegar a ser un actor de prestigio se me hacía tan largo y lleno de huecos que me excitaba pensar en recorrerlo.
Logré mi cometido durante un año, hasta que se me exigió una carrera que por lo menos tuviera cartón. Entonces me acordé de aquel título que había visto en la UIS , y para despecho de mis profesores, que veían en mí un duende prodigioso y fotogénico, empecé una carrera “seria” que al fin de cuentas tuvo muchos afines con la que dejaba inconclusa. El siete de diciembre del 2005 recibí una estéril carta de bienvenida a la Universidad Industrial de Santander. Y cuando fui a contarles a mis tías que dentro de cinco años tendríamos profesor, ellas me dijeron que ya lo sabían, pero que igualmente me felicitaban.
El oráculo empezaba a cumplirse.
Pasé las primeras semanas en la universidad tratando de caerle bien a todo el mundo y evitando asistir a los encuentros de Introducción a la vida universitaria, antes Pivu, antes Metamorfiando. Para entonces, mi esbozo de la universidad, que creé con algunos amigos que pasaron por la experiencia, era más o menos así:
*La universidad es el sitio ideal para hacer nuevos amigos.
*Allí es más fácil encontrar novia o novio.
*Si no has bebido, beberás; si no has fumado, fumarás; si eres virgen, tendrás sexo.
*En la universidad hay de todo, y hay que tratar de mostrarse de acuerdo porque los universitarios son gente tolerante.
*Se puede aprender mucho de los amigos y profesores que han leído más.
*Lo mejor de la universidad es que se puede dormir en la biblioteca o en cualquier rincón y nadie dice nada.
*La sociedad respeta a los estudiantes, menso a los que tiran piedra.
*Ser estudiante de la UIS significa ser revolucionario.
*Los que tiran piedra son respetados por los demás, y son vistos como valientes.
*Un cartón de la UIS pesa en cualquier empresa o establecimiento educativo.
En efecto, durante los primeros meses hice amigos, bebí, fumé y dormí todo lo que pude. Si bien recuerdo, en alguna oportunidad me contagié del furor inocente de las manifestaciones violentas, grité, marché y odié al “sistema” porque me reprimía. Me tomé a pecho la situación crítica del país, de la educación y de la cultura. Hice teatro, canté en el coro, escribí uno que otro cuento, vi mucho cine y aprendí muchos idiomas. Podría decirse que me comprometí con todas las causas menos con la mía, o sea, con la de ser maestro.
No es raro que al principio pocos lo hagan. En especial cuando el quehacer del docente nos lo presentan como agotador y mal remunerado, como la mejor forma de estancarse en un mundo lleno de posibilidades. En las clases de pedagogía hacíamos exposiciones biográficas de seres ilustres que vivieron para educar y aprendíamos sus teorías que nos enseñaban a enseñarles a niños de siglos fantasmas. Recuerdo a mi pintoresco profesor señalándome la frente con su índice y lanzando la pregunta del millón:
¿Quiere usted ser profesor? ¿Viene a estudiar por gusto propio o por gusto de sus papás? Si piensa que ha venido a formarse como escritor es mejor que lo reconsidere y busque otra carrera.
O, por su parte, aquellos que nos decía que la Bucaramanga de antaño se estaba acabando y que iba a quedarse sin literatura, que por eso estaba en nuestras manos rescatar la historia en cuentos y novelas de nuestra autoría. Pero el que más me gustaba era el tipo de profesor que consideraba estrictamente necesario salir del país y volver para contar lo que habíamos visto.
El tiempo que no pasaba oyéndolos, estaba con mis amigos, de los que considero que aprendí mucho más. Tuve la suerte de estar rodeado de personas totalmente diferentes con las que sé que todavía puedo contar. Se me ocurre que resulta más ameno mencionarlos por sus gustos musicales para remarcar sus diferencias, así pues, a unos les gusta el heavy metal, a otros el grunch, hay quienes prefieren oír obras clásicas y admiran a Beethoven y a Debussy, como yo; o los que han sido fieles seguidores de Andrea Echeverry y Bumbury desde los noventas. Entre las colecciones de otros, encontré a Soda Stereo, Los Fabulosos Cadillacs y a Bob Marley. Canté más de una vez las canciones de La Oreja de Van Gogh con una o dos amigas y traté de sacar las canciones de Silvio Rodríguez en la guitarra con otro. Amantes del jazz, del pop y de la música colombiana. El reggaetón, la salsa y el vallenato de la nueva ola no pueden ser excluidos de mi lista, ni mucho menos. Y hay que mencionar a una que otra tecno cumbia peruana de las que tuvieron su auge hace poco en Bucaramanga.
En fin, si se tratara de describir uno por uno a mis amigos o de narrar las que he pasado con ellos, sería el cuento de nunca acabar. Me conformo con decir lo que dice Borges en su poema “El árbol de los amigos”: Habrá de los que se llevarán mucho, pero no habrá de los que no nos dejarán nada. Y dar por sentado que, por mucho que escriba, la historia de mis impresiones de la Universidad quedará incompleta mientras no sienta que ya ha terminado este ciclo.
Eso sí, tengamos en cuenta que la primera impresión, si bien es importante, cambia a medida que pasa el tiempo. Cuando uno viene por primera vez a la UIS le parece que nunca va a terminar de recorrerla o que el letrero de la entrada se le va a caer en la cabeza. Pero después se va volviendo estrecha, se ven las mismas caras, en los mismos lugares, a la misma hora. También termina cambiando uno aunque no lo note. Y así el cambio sea pequeño, para la familia y para la sociedad uno ha sufrido una metamorfosis. Que lo digan en mi casa, los que murmuran que en algún punto desvié el camino, y los que ya no se atreven a pensar qué será de mí en el futuro.
domingo, 23 de mayo de 2010
Una condena más

Estamos condenados a leer. Pasó el tiempo en el que decíamos que el acceso a la lectura y a la escritura era un derecho. Si se dice popularmente que “cada quien nace con un pan debajo del brazo” lo mismo podemos afirmar respecto a la instrucción. Al menos en nuestro país se acaba de declarar que la educación primaria es obligatoria, aunque no sea la primera vez que se exija este derecho fundamental o que se vele por su promulgación. Así dejáramos de lado los índices de las personas alfabetizadas en tal región o durante el gobierno de tal, tendríamos que admitir que la mayoría de los colombianos podemos leer, o si se quiere, traducir signos visuales a lo oral, mecanizar… aunque no lo hagamos de la mejor manera ni de la misma forma, todos accedemos a esta posibilidad, todos quedamos condenados en el momento en que somos capaces de descifrar nuestro primer párrafo.
Porque saber leer es tan importante como saber escoger qué se lee. Y si nos fijamos bien, en nuestra vida son contadas las veces que discernimos entre lo que queremos y no queremos pasarnos por los ojos. Es más fácil que alguien nos diga qué hay que leer y qué no es recomendable, o leer lo primero que se nos cruce. De todos modos, una mala elección puede causarnos estragos inimaginables. Aunque nunca nos preocupamos por ello. Es como con la comida: estamos tan acostumbrados a la necesidad innata de alimentarnos (que entre otras cosas también es un acto mecánico) que a los pocos años de poder comer por nuestra cuenta no nos sorprendemos de poder hacerlo. Pero no por esto comemos cualquier cosa. Hasta el más incauto tiene intuición para escoger qué se mete en la boca. Yo creo que la mayoría hacemos lo posible por consumir alimentos saludables porque el cuerpo es el que sufre cualquier irresponsabilidad.
No sucede así con la lectura, que es el alimento de la mente y del espíritu. Desde pequeños somos frágiles y volubles a los incontables peligros de leer cualquier cosa, desde crecer en una casa con una biblioteca reprobable (o peor, en una casa sin libros), hasta ser presa de un testigo de Jehová un domingo por la mañana. No es por ser paranoico, pero insisto en que las consecuencias de no escoger bien lo que se lee, o de no contar con un buena profesor o un buen amigo que nos haga una buena recomendación de lectura son nefastas. Lo podrán decir conmigo los que salieron del bachillerato y no sabían qué carrera escoger, los que se amedrentan todavía ante instrucciones, los que hicieron una mala elección en política, a los que les metieron gato por liebre en un contrato, a los que llegaron a un evento a la hora que no era, o al evento que no era; aquellos que le vendieron el alma al diablo por firmar un documento sin entenderlo correctamente, pero en especial se unirán a mí los intolerantes, los fanáticos y los radicales, porque su relación con la lectura fue tan frustrada que su mente se cerró y no pueden ver más allá de sus narices.
Esta pequeña lista es solo una muestra de lo que puede pasar por una insalubre costumbre lectora, aunque reconozco que hoy en día no sea tan fácil acostumbrarnos a leer cosas que valgan la pena. Y menos cuando el peligro está en todas partes. Por eso hay que saber detectarlo, porque, como todo peligro, es sutil: está en las mesas de las cafeterías, en periódicos mediocres y amarillistas, está a la entrada de la universidad, disfrazado de comunicado a los estudiantes; entre los libros de algún familiar, en la televisión y en la internet abunda la basura de la que nos es tan extrañamente difícil librarnos, como a veces pasa con la comida chatarra.
Si ya estamos condenados a saber leer, por lo menos escojamos algo que nos sea de provecho. Recomendemos, como futuros profesores y amigos, lecturas que inviten a pensar, que sean críticas, que cuestionen o conmuevan de alguna manera a nuestros amigos. Si todavía no sabemos, preguntémosle a algún profesor, busquemos crítica literaria, veamos qué recomiendan las revistas de literatura o los mismos escritores. Leámosle a la gente, invitémosla a que abran su mente y a que tomen conciencia de la gran responsabilidad que implica tener la capacidad de leer y escribir, pero sobretodo a que tengan cuidado con lo que se meten por los ojos.
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