
Estamos condenados a leer. Pasó el tiempo en el que decíamos que el acceso a la lectura y a la escritura era un derecho. Si se dice popularmente que “cada quien nace con un pan debajo del brazo” lo mismo podemos afirmar respecto a la instrucción. Al menos en nuestro país se acaba de declarar que la educación primaria es obligatoria, aunque no sea la primera vez que se exija este derecho fundamental o que se vele por su promulgación. Así dejáramos de lado los índices de las personas alfabetizadas en tal región o durante el gobierno de tal, tendríamos que admitir que la mayoría de los colombianos podemos leer, o si se quiere, traducir signos visuales a lo oral, mecanizar… aunque no lo hagamos de la mejor manera ni de la misma forma, todos accedemos a esta posibilidad, todos quedamos condenados en el momento en que somos capaces de descifrar nuestro primer párrafo.
Porque saber leer es tan importante como saber escoger qué se lee. Y si nos fijamos bien, en nuestra vida son contadas las veces que discernimos entre lo que queremos y no queremos pasarnos por los ojos. Es más fácil que alguien nos diga qué hay que leer y qué no es recomendable, o leer lo primero que se nos cruce. De todos modos, una mala elección puede causarnos estragos inimaginables. Aunque nunca nos preocupamos por ello. Es como con la comida: estamos tan acostumbrados a la necesidad innata de alimentarnos (que entre otras cosas también es un acto mecánico) que a los pocos años de poder comer por nuestra cuenta no nos sorprendemos de poder hacerlo. Pero no por esto comemos cualquier cosa. Hasta el más incauto tiene intuición para escoger qué se mete en la boca. Yo creo que la mayoría hacemos lo posible por consumir alimentos saludables porque el cuerpo es el que sufre cualquier irresponsabilidad.
No sucede así con la lectura, que es el alimento de la mente y del espíritu. Desde pequeños somos frágiles y volubles a los incontables peligros de leer cualquier cosa, desde crecer en una casa con una biblioteca reprobable (o peor, en una casa sin libros), hasta ser presa de un testigo de Jehová un domingo por la mañana. No es por ser paranoico, pero insisto en que las consecuencias de no escoger bien lo que se lee, o de no contar con un buena profesor o un buen amigo que nos haga una buena recomendación de lectura son nefastas. Lo podrán decir conmigo los que salieron del bachillerato y no sabían qué carrera escoger, los que se amedrentan todavía ante instrucciones, los que hicieron una mala elección en política, a los que les metieron gato por liebre en un contrato, a los que llegaron a un evento a la hora que no era, o al evento que no era; aquellos que le vendieron el alma al diablo por firmar un documento sin entenderlo correctamente, pero en especial se unirán a mí los intolerantes, los fanáticos y los radicales, porque su relación con la lectura fue tan frustrada que su mente se cerró y no pueden ver más allá de sus narices.
Esta pequeña lista es solo una muestra de lo que puede pasar por una insalubre costumbre lectora, aunque reconozco que hoy en día no sea tan fácil acostumbrarnos a leer cosas que valgan la pena. Y menos cuando el peligro está en todas partes. Por eso hay que saber detectarlo, porque, como todo peligro, es sutil: está en las mesas de las cafeterías, en periódicos mediocres y amarillistas, está a la entrada de la universidad, disfrazado de comunicado a los estudiantes; entre los libros de algún familiar, en la televisión y en la internet abunda la basura de la que nos es tan extrañamente difícil librarnos, como a veces pasa con la comida chatarra.
Si ya estamos condenados a saber leer, por lo menos escojamos algo que nos sea de provecho. Recomendemos, como futuros profesores y amigos, lecturas que inviten a pensar, que sean críticas, que cuestionen o conmuevan de alguna manera a nuestros amigos. Si todavía no sabemos, preguntémosle a algún profesor, busquemos crítica literaria, veamos qué recomiendan las revistas de literatura o los mismos escritores. Leámosle a la gente, invitémosla a que abran su mente y a que tomen conciencia de la gran responsabilidad que implica tener la capacidad de leer y escribir, pero sobretodo a que tengan cuidado con lo que se meten por los ojos.
Pues aqui terminé yo leyendo, por la sugerencia de un amigo quien fue el que la hizo. Me gustó su articulo. Me encanta la forma en que sumerce escribe.
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